lunes, 2 de febrero de 2009

Sobre con quién me quedé aquí

La hembra que se encargaba cada día de la progenie común era agraciada, salerosa, enérgica y espectacularmente valiente, a pesar de que su tamaño aparentaba ser más bien reducido. Respondía al nombre de “mamá” y se convirtió en mi noble compañera durante 20 años.

Aunque nuestra relación inicial no resultó ser particularmente cordial, con el transcurrir del tiempo aprendimos a respetar la idiosincrasia de cada uno. Ella toleraba que yo arañase todo el mobiliario y yo atendía solícito cuando ella “pensaba en voz alta” sus penas. Practicábamos juntos algunos de los grandes placeres de la vida, nos acicalábamos minuciosamente cada mañana, nos deleitábamos con el sabor de las excelsas comidas que ella preparaba y dormíamos apaciblemente la siesta al calor del sol.

Me enseñó que la existencia de algunos homo sapiens es especialmente espinosa. Ella fue una de esas niñas de triste biografía que crecen solas y desamparadas pero que, misteriosamente, de adultas, sienten el indomable impulso de reír y contar anécdotas y chascarrillos de lo más divertidos. Aunque cada noche se hacía pequeña recordando a sus dos hijos perdidos y al que fue su incansable compañero, cada mañana encontraba alguna razón para hacerse grande y regañarnos a todos los que habitábamos en el hogar. Yo nunca llegué a entender porque le importunaba tanto que aligerase mi vejiga al abrigo de las cuidadas alfombras que cubrían el suelo del salón, ni porque se contrariaba cuando vislumbraba los armoniosos montoncitos de tierra, resultantes de mis excavaciones nocturnas en sus, hay que decir, soberbias macetas, apilados en el parquet.


Cuando me llegó la vejez ella se ocupó inmejorablemente de mí. Cocinaba mis bocados favoritos, me hacía carantoñas y me susurraba en las orejas dulces palabras. Un día preparó un jugoso filete de pollo y lo colocó dentro de un bolso grande, me acarició el lomo y con pena me animó a degustar la carne. Yo acepté. En unos minutos todo se hizo oscuro y cuando volví a tener consciencia de mí ya me encontraba de pleno en el “cielo de los animalitos”, un lugar, decía ella, en el que todos los gatos son valientes, lamen los enchufes sin temor y se alimentan de suculentos manjares. Yo debí quedarme muy cerquita de este sitio...

En el último cumpleaños de “juan”, teniendo ya todos sus asuntos adecuadamente ordenados, se marchó al lugar ese del que resulta tan complicado volver. Hacía 16 años que no se veían así que seguramente consideró más razonable quedarse con él y describirle sus gestas como en tiempos pasados.