Cuando llegué al lugar que sería mi residencia durante los siguientes 20 años, me encontré con una agrupación de homo sapiens considerablemente sombríos. Traté de impresionarles con la sedosidad de mi delicado pelaje y el compás de mis desentonados maullidos y a pesar de mis vigorosos esfuerzos, únicamente el más pequeño del linaje mostró cierto interés hacia mi, aunque sospecho que le resultaba más fascinante mi cola de pelusa destartalada en forma de escalera y la masa de legañas que enturbiaban mis ojos color meloso, que el penetrante brillo de mi melena o el aparatoso sonido que salía de mi aún temblorosa laringe.



No entendía por qué ignoraban mis monerías, que por cierto eran terriblemente graciosas. Tardé pocos días en conocer el motivo de tanta apatía.
Uno de los ejemplares jóvenes del grupo se había ido y no sólo no había vuelto sino que además, por lo visto, le era absolutamente imposible intentarlo. Parece que la causante de tal fatalidad había sido una “moto”. Nunca supe bien quién o qué era Moto, pero debía ser algo muy poco favorable para los humanos porque si tenías la desdicha de cruzarte en su camino corrías el riesgo de ir a parar a un lugar del que era improbable que volvieras. Él no lo había conseguido y el resto del agrupamiento padeció considerablemente por ello, algo que me permitió valorar las ventajas de ser gato. Nuestra capacidad de raciocinio nos faculta para estar al tanto de donde se sitúa la caja de la arena y saber que no es beneficioso lamer los enchufes, además de permitirnos enganchar aceitunas con la uña central, cosa que siempre me ha parecido de lo más útil, pero ignoramos lo que significa que alguien de nuestra especie desaparezca completamente.
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