El macho adulto, que respondía a diversos ruidos del tipo “papá” o “juan”, desaparecía temporalmente cada día y regresaba con aspecto debilitado cada noche. Lo que hacía durante ese período de tiempo que permanecía fuera no puedo asegurarlo, pero no podía ser nada saludable porque el ángulo que formaba su espina dorsal cuando volvía era más cerrado del que tenía al salir.
Sin embargo, tras pasar un espacio de tiempo bajo la luz de una lámpara, con algo en la boca que desprendía un humo considerablemente desagradable y mirando detenidamente unas grandes hojas con montones de letras, se levantaba, bromeaba con los jóvenes del grupo y oprimía a su compañera con sus brazos. Cuando ya todos estaban saturados de sus atenciones me buscaba a mí. Peleábamos cada día y aunque siempre concluía la porfía con sus extremidades superiores atiborradas de arañazos yo le consideraba un buen luchador, valeroso y honrado. Cada mañana limaba mis uñas en el sofá del salón imaginando mi próximo encuentro vespertino con él.
Aquel hombre afirmaba “querer” a su compañera y si “querer” consistía en escuchar embobado las historias que ella aparatosamente relataba, acariciar su melena craneal durante horas o conseguir que sus ojos dejaran de gotear, “juan” quería a su compañera formidablemente. Pese a todo, también se marchó una noche y no volvió, supongo que lo intentó pero quizá estaba demasiado cansado como para lograrlo. Entonces experimenté la misma sensación de melancolía que el resto del agrupamiento y nunca encontré ningún rival como él.


2 comentarios:
Hola Moco. Llegaste cuando yo ya me había ido. Te fuiste sin que hubiera vuelto. ¡A ver si así me entero de lo que pasaba!
Me gusta Mocolino....ayuda a conocer...conocerte.....
Publicar un comentario