Aquella inconsciente en plena edad del pavo que me recogió de la calle se llama Iciar y por aquellos días deambulaba con su amiga María, sumida igualmente en esa comprometida edad.
Iciar y María estudiaron en el mismo colegio, pero no en la misma clase. Durante el verano de 1983, un año después de que naranjito llenara nuestros corazones con su aparatosa sonrisa, compartieron habitación en un colegio interno de Bayona, una pequeña ciudad situada al suroeste de Francia. En aquella ocasión no congeniaron mucho y desde luego el francés que aprendieron nunca les abrió muchas puertas. A decir verdad, tuvieron que pasar algunos meses para que se hicieran inseparables y compartieran ropa, dietas, estatura, secretos, ilusiones, fracasos y la insana costumbre de proyectarse contra el suelo al mínimo traspiés. Una noche de acampada, incluso, compartieron a Eduardo Rodríguez, un insustancial de sonrisa relucientes y una giba que excedía los límites razonables para su edad.
Ninguna destacaba por ser atractiva, sin embargo, y por alguna razón que aún hoy no puedo constatar, siempre han resultado seductoras para algunos machos de su especie. Intuyo que ciertos atributos podrían explicar esta circunstancia pero no estoy capacitado para asegurarlo.
Hoy, la fuerza que hace que los cuerpos se dirijan hacia el centro terrestre por mutua atracción entre su masa y la de la tierra es más intensa en ellas, se acaloran ante las musculaturas masculinas adecuadamente definidas y deslumbran como dúo de baile en las pistas más selectas de la ciudad. A María, por su parte, le fascinan las letras, las películas románticas de cualquier época y sobrecargar con queso todos sus guisos. Anhela encontrar un hombre apasionado, pudiente y virtuoso que supere los 35 y no forme parte del cada vez más dilatado grupo de “saldos y devoluciones” y sueña con que en un futuro próximo la tecnología ayude a inventar un tejido que oculte los desperfectos físicos que el exceso de queso produce en la complexión humana.
Iciar aún no tiene definidas las ocupaciones que le inflaman el intelecto y consume las dosis de cerveza necesarias para endulzar su temperamento siempre que estén acompañadas por algún alimento que haya permanecido el tiempo suficiente en una freidora. Idolatra a un cuarentón bastante vivido y se desgasta la estructura, con insuficientes resultados, tratando de mejorar una marca deportiva que alcanzó hace más de 10 años.
Ambas son bastante dichosas.
