Ser gato y estar muerto no son las mejores condiciones de partida para crear un blog.
Desde el punto de vista animal, escribir resulta ser un acto irreconciliable con los instintos característicos de mi especie, por no mencionar las incuestionables limitaciones fisiológicas que me impiden utilizar cualquier herramienta destinada a la escritura. Además, en mi situación, preocuparse por cualquier acontecimiento desatendiendo el más significativo, es decir, la propia muerte de uno, puede resultar del todo desaconsejable. Todo esto sin contar con el hecho de que los gatos no piensan, en particular los que están muertos.
Para mayor dificultad, mi conocimiento sobre la humanidad es incompleto y se limita a los episodios ocurridos a un puñado de personas que frecuentaban una casa donde viví.
Mi nombre era Mocolino. Al nacer, allá por el año
A pesar de mi condición de felino destaqué por ser un animal desproporcionadamente cobarde, seguramente como consecuencia de los numeroso accidentes domésticos de los que fui protagonista.
Sobreviví en aquella casa veinte años y encontré la muerte persiguiendo el embriagante olor de un filete de pollo de primera calidad que una mujer a la que llamaban Mamá preparó a la plancha.