martes, 2 de junio de 2009

Sobre con quién me quedé aquí (II)

El primogénito del clan atendía a la eufonía “juanhijo”, sonido resultante de la acertada combinación de los elementos acústicos de dos palabras, intuyo que para distinguirle de su progenitor “juan”. Aunque la mayoría de su linaje le conocía como tal, con el transcurrir de los años se le asignaron distintos seudónimos del tipo “pepino” o “médicoestorbo”.

Cuando yo me instalé con los de su estirpe, él ya había “abandonado el nido”, sin embargo, cada domingo acudía a la morada familiar con una señorita de crines oscuras, para compartir mantel con el resto de sus agnados. Se presentaba como un adulto sereno, juicioso y templado. Mi impresión sobre él contrastaba con lo que sus hermanos susurraban a sus espaldas. Aseguraban que había que ser del todo cauteloso en su presencia pues, ante el mínimo agravio, doblaba la lengua y suministraba un inesperado guantazo o colleja, según fuera la posición del recibiente. Yo nunca observé dicha reacción en él por lo que nunca comprendí tan inmerecida fama.

Indiscutiblemente, “juanhijo” se distinguía por ser un hombre preocupado por la rectitud de las cosas y por detallar extraordinariamente todas sus explicaciones. Médico de formación y, curiosamente, funcionario en el Ministerio de Hacienda de profesión, contrajo nupcias, en tiempos de la reconquista, con “paz”, una hembra del género homo que conoció doce años antes de la ya nombrada cruzada. De dicha agrupación nació una niña, “clara”, que fue, durante un periodo de tiempo bastante prolongado, el único componente infantil del grupo y por ende, la adoración de sus ascendientes, en especial de “juan”.


El día que “clara” cumplía un año de vida, “juan” se fue con sus hijos y no volvió nunca más. Quizá se aburrió mucho en el festejo, aunque en mi opinión resultó ser una fiesta formidable.


“Juanhijo” nunca desatendió sus “responsabilidades” de primogénito. Protegió, aconsejó y alentó silenciosamente a toda la familia en ausencia de “juan”, en especial a sus hermanos pequeños y a “pilar”. Hoy, “juanhijo”, “paz” y “clara” cohabitan en una bonita casa de las afueras y son bastante felices, aunque no comen muchas perdices porque practican una dieta vegetariana bastante estricta, impuesta por “paz” tras una experiencia quirúrgica desagradable.


lunes, 2 de febrero de 2009

Sobre con quién me quedé aquí

La hembra que se encargaba cada día de la progenie común era agraciada, salerosa, enérgica y espectacularmente valiente, a pesar de que su tamaño aparentaba ser más bien reducido. Respondía al nombre de “mamá” y se convirtió en mi noble compañera durante 20 años.

Aunque nuestra relación inicial no resultó ser particularmente cordial, con el transcurrir del tiempo aprendimos a respetar la idiosincrasia de cada uno. Ella toleraba que yo arañase todo el mobiliario y yo atendía solícito cuando ella “pensaba en voz alta” sus penas. Practicábamos juntos algunos de los grandes placeres de la vida, nos acicalábamos minuciosamente cada mañana, nos deleitábamos con el sabor de las excelsas comidas que ella preparaba y dormíamos apaciblemente la siesta al calor del sol.

Me enseñó que la existencia de algunos homo sapiens es especialmente espinosa. Ella fue una de esas niñas de triste biografía que crecen solas y desamparadas pero que, misteriosamente, de adultas, sienten el indomable impulso de reír y contar anécdotas y chascarrillos de lo más divertidos. Aunque cada noche se hacía pequeña recordando a sus dos hijos perdidos y al que fue su incansable compañero, cada mañana encontraba alguna razón para hacerse grande y regañarnos a todos los que habitábamos en el hogar. Yo nunca llegué a entender porque le importunaba tanto que aligerase mi vejiga al abrigo de las cuidadas alfombras que cubrían el suelo del salón, ni porque se contrariaba cuando vislumbraba los armoniosos montoncitos de tierra, resultantes de mis excavaciones nocturnas en sus, hay que decir, soberbias macetas, apilados en el parquet.


Cuando me llegó la vejez ella se ocupó inmejorablemente de mí. Cocinaba mis bocados favoritos, me hacía carantoñas y me susurraba en las orejas dulces palabras. Un día preparó un jugoso filete de pollo y lo colocó dentro de un bolso grande, me acarició el lomo y con pena me animó a degustar la carne. Yo acepté. En unos minutos todo se hizo oscuro y cuando volví a tener consciencia de mí ya me encontraba de pleno en el “cielo de los animalitos”, un lugar, decía ella, en el que todos los gatos son valientes, lamen los enchufes sin temor y se alimentan de suculentos manjares. Yo debí quedarme muy cerquita de este sitio...

En el último cumpleaños de “juan”, teniendo ya todos sus asuntos adecuadamente ordenados, se marchó al lugar ese del que resulta tan complicado volver. Hacía 16 años que no se veían así que seguramente consideró más razonable quedarse con él y describirle sus gestas como en tiempos pasados.


sábado, 6 de diciembre de 2008

Sobre con quién me encontré aquí (II)

Por suerte, poco a poco todos fueron sucumbiendo a mi ingenio y comenzaron los días felices de filetes de pollo a la plancha, caricias entre las orejas y dulces ronroneos. Aquello era todo lo que cualquier felino podía desear.

Con el discurrir de los meses observé que la organización del grupo era sencilla. Un macho y una hembra compartían la responsabilidad de proteger, alimentar y educar a un grupo de cuatro machos y una hembra todavía inmaduros, aunque tres de los individuos de sexo masculino rondaban la edad adulta y dos de ellos no permanecían a diario en la residencia familiar.

El macho adulto, que respondía a diversos ruidos del tipo “papá” o “juan”, desaparecía temporalmente cada día y regresaba con aspecto debilitado cada noche. Lo que hacía durante ese período de tiempo que permanecía fuera no puedo asegurarlo, pero no podía ser nada saludable porque el ángulo que formaba su espina dorsal cuando volvía era más cerrado del que tenía al salir.

Sin embargo, tras pasar un espacio de tiempo bajo la luz de una lámpara, con algo en la boca que desprendía un humo considerablemente desagradable y mirando detenidamente unas grandes hojas con montones de letras, se levantaba, bromeaba con los jóvenes del grupo y oprimía a su compañera con sus brazos. Cuando ya todos estaban saturados de sus atenciones me buscaba a mí. Peleábamos cada día y aunque siempre concluía la porfía con sus extremidades superiores atiborradas de arañazos yo le consideraba un buen luchador, valeroso y honrado. Cada mañana limaba mis uñas en el sofá del salón imaginando mi próximo encuentro vespertino con él.

Aquel hombre afirmaba “querer” a su compañera y si “querer” consistía en escuchar embobado las historias que ella aparatosamente relataba, acariciar su melena craneal durante horas o conseguir que sus ojos dejaran de gotear, “juan” quería a su compañera formidablemente. Pese a todo, también se marchó una noche y no volvió, supongo que lo intentó pero quizá estaba demasiado cansado como para lograrlo. Entonces experimenté la misma sensación de melancolía que el resto del agrupamiento y nunca encontré ningún rival como él.

Sobre con quién me encontré aquí

Cuando llegué al lugar que sería mi residencia durante los siguientes 20 años, me encontré con una agrupación de homo sapiens considerablemente sombríos. Traté de impresionarles con la sedosidad de mi delicado pelaje y el compás de mis desentonados maullidos y a pesar de mis vigorosos esfuerzos, únicamente el más pequeño del linaje mostró cierto interés hacia mi, aunque sospecho que le resultaba más fascinante mi cola de pelusa destartalada en forma de escalera y la masa de legañas que enturbiaban mis ojos color meloso, que el penetrante brillo de mi melena o el aparatoso sonido que salía de mi aún temblorosa laringe.




No entendía por qué ignoraban mis monerías, que por cierto eran terriblemente graciosas. Tardé pocos días en conocer el motivo de tanta apatía.

Uno de los ejemplares jóvenes del grupo se había ido y no sólo no había vuelto sino que además, por lo visto, le era absolutamente imposible intentarlo. Parece que la causante de tal fatalidad había sido una “moto”. Nunca supe bien quién o qué era Moto, pero debía ser algo muy poco favorable para los humanos porque si tenías la desdicha de cruzarte en su camino corrías el riesgo de ir a parar a un lugar del que era improbable que volvieras. Él no lo había conseguido y el resto del agrupamiento padeció considerablemente por ello, algo que me permitió valorar las ventajas de ser gato. Nuestra capacidad de raciocinio nos faculta para estar al tanto de donde se sitúa la caja de la arena y saber que no es beneficioso lamer los enchufes, además de permitirnos enganchar aceitunas con la uña central, cosa que siempre me ha parecido de lo más útil, pero ignoramos lo que significa que alguien de nuestra especie desaparezca completamente.

Escuché hablar de aquel chico en algunas ocasiones, parece que era una especie de saco de talentos, derrochaba energía, era resuelto, dicharachero, elegante, atractivo (todo lo que le permitía su condición humana) y narraba cada una de sus historias con tanto entusiasmo que parecías “sentirlas en tus propios huesos”, signifique lo que signifique eso para las personas. Solía subirse a una banqueta para “pensar” mejor, intuyo que así estaba más cerca del cielo y que todos los pensamientos buenos están allí. Por si todo esto fuera poco poseía gran destreza para las artes (las plásticas y las acústicas), era noble, aseado, ordenado y se mudaba de ropa interior a diario. Supongo que también tendría muchos defectos, pero nunca los escuché.

martes, 7 de octubre de 2008

Sobre con quién llegue yo aquí

Aquella inconsciente en plena edad del pavo que me recogió de la calle se llama Iciar y por aquellos días deambulaba con su amiga María, sumida igualmente en esa comprometida edad.

Iciar y María estudiaron en el mismo colegio, pero no en la misma clase. Durante el verano de 1983, un año después de que naranjito llenara nuestros corazones con su aparatosa sonrisa, compartieron habitación en un colegio interno de Bayona, una pequeña ciudad situada al suroeste de Francia. En aquella ocasión no congeniaron mucho y desde luego el francés que aprendieron nunca les abrió muchas puertas. A decir verdad, tuvieron que pasar algunos meses para que se hicieran inseparables y compartieran ropa, dietas, estatura, secretos, ilusiones, fracasos y la insana costumbre de proyectarse contra el suelo al mínimo traspiés. Una noche de acampada, incluso, compartieron a Eduardo Rodríguez, un insustancial de sonrisa relucientes y una giba que excedía los límites razonables para su edad.

Ninguna destacaba por ser atractiva, sin embargo, y por alguna razón que aún hoy no puedo constatar, siempre han resultado seductoras para algunos machos de su especie. Intuyo que ciertos atributos podrían explicar esta circunstancia pero no estoy capacitado para asegurarlo.

Hoy, la fuerza que hace que los cuerpos se dirijan hacia el centro terrestre por mutua atracción entre su masa y la de la tierra es más intensa en ellas, se acaloran ante las musculaturas masculinas adecuadamente definidas y deslumbran como dúo de baile en las pistas más selectas de la ciudad. A María, por su parte, le fascinan las letras, las películas románticas de cualquier época y sobrecargar con queso todos sus guisos. Anhela encontrar un hombre apasionado, pudiente y virtuoso que supere los 35 y no forme parte del cada vez más dilatado grupo de “saldos y devoluciones” y sueña con que en un futuro próximo la tecnología ayude a inventar un tejido que oculte los desperfectos físicos que el exceso de queso produce en la complexión humana.

Iciar aún no tiene definidas las ocupaciones que le inflaman el intelecto y consume las dosis de cerveza necesarias para endulzar su temperamento siempre que estén acompañadas por algún alimento que haya permanecido el tiempo suficiente en una freidora. Idolatra a un cuarentón bastante vivido y se desgasta la estructura, con insuficientes resultados, tratando de mejorar una marca deportiva que alcanzó hace más de 10 años.

Ambas son bastante dichosas.


viernes, 26 de septiembre de 2008

Sobre como llegué yo aquí

Ser gato y estar muerto no son las mejores condiciones de partida para crear un blog.

Desde el punto de vista animal, escribir resulta ser un acto irreconciliable con los instintos característicos de mi especie, por no mencionar las incuestionables limitaciones fisiológicas que me impiden utilizar cualquier herramienta destinada a la escritura. Además, en mi situación, preocuparse por cualquier acontecimiento desatendiendo el más significativo, es decir, la propia muerte de uno, puede resultar del todo desaconsejable. Todo esto sin contar con el hecho de que los gatos no piensan, en particular los que están muertos.

Para mayor dificultad, mi conocimiento sobre la humanidad es incompleto y se limita a los episodios ocurridos a un puñado de personas que frecuentaban una casa donde viví.

Mi nombre era Mocolino. Al nacer, allá por el año 1983, mi cuerpo era negro y mis ojos amarillos. Cuando apenas contaba unos días de vida, tuve a bien seguir a una adolescente que se cruzó en mi camino y terminé habitando un enorme y confortable cubo ubicado en la cocina de una casa.

A pesar de mi condición de felino destaqué por ser un animal desproporcionadamente cobarde, seguramente como consecuencia de los numeroso accidentes domésticos de los que fui protagonista.

Sobreviví en aquella casa veinte años y encontré la muerte persiguiendo el embriagante olor de un filete de pollo de primera calidad que una mujer a la que llamaban Mamá preparó a la plancha.